Mas cerca de lo que pensabas

 
 

 

"Soltera a corto plazo"

por Daniela Puig.

 

“Antes muerta que sencilla”

Desde pequeña he imaginado el vestido de novia con el cual iba a entrar a la iglesia para casarme con mi príncipe azul. En ese entonces era una “niña Disney” y por ello, influenciada casi por todas las películas de princesas, saqué en ese momento la idea de cómo sería ese atuendo: pomposo, con una cola que diera vuelta a la esquina, adornado con flores, de un blanco impoluto y con esas hombreras infladas, en donde aparece un brazo cubierto por una especie de largo guante que termina en punta en el dedo mayor. Si tenía un poco de brillo, ¡mejor!, la cosa en ese entonces era parecer de la realeza aunque el vestido en sí pesara más de 5 kilos. Por suerte fui creciendo y la idea de tener un vestido a lo Lady Di, ya no me gustaba para nada. Cambié en todo sentido mis gustos (era la etapa de adolescente) y mirando páginas en internet de vestidos de novia, encontré uno que me fascinó, tanto así que hace dos años atrás seguía siendo mi favorito. Era muy sencillo, de color blanco, dejaba ver los hombros y al costado de éstos, tenía un pequeño arreglo floral, ajustado en la parte del pecho, la tela se dejaba caer perfectamente a los pies. Lo amé de tal manera que guardé la imagen en el computador y cada dos por tres lo miraba para deleitarme e imaginar mi día especial con él. Sin embargo, otra vez cambié de opinión. Después de un tiempo y al volver a ver el vestido del cual estaba enamorada, lo encontré demasiado simple, sin ningún encanto y no apto para el gran día. Así que hice click con el botón derecho del mouse, seleccioné “eliminar” y ¡adiós vestido minimalista y simple! Entonces me di cuenta que había quedado huérfana de traje de novia y me agarró una pequeña tristeza porque no sabía qué estilo quería, porque si bien no deseaba un vestido del medioevo tampoco uno que pareciera de cóctel, ¡¡era el caos de cualquier mujer sin una diseñador/a que la entienda!, hasta que un día mirando la televisión, vi uno que me enamoró en serio, era el vestido con el cual me debía casar. Era la mezcla perfecta entre los dos estilos que antes había elegido y que por fin cobraban existencia. Largo, vaporoso, con transparencias, con pequeños brillos y similar al de una princesa, todo en ese vestido exclamaba que era para mí, era amor a primera vista. Por eso guardé tan fidedignamente la imagen en mi cabeza y el nombre de la tienda, que ni aunque me reseteen la memoria se me olvidaría. Obviamente no voy a decir donde pueden encontrar mi vestido, porque esas cosas entre futuras novias, no se cuentan.

Por eso, y aunque a muchos hombres les cueste entender esto, la elección del vestido de novia es uno de los temas centralísimos de todo matrimonio. Es el objeto que más uno se demora en elegir y que cuando uno tiene la suerte de tenerlo y estar conforme con él, todo lo demás requiere una atención mínima. Yo y mi vestido perfecto, ¿qué más se puede pedir?

 

 

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Daniela Puig
Wedding Planner Chile, 2009